Javier Ávila Hablemos de pintura, y qué mejor lugar que el 51 Salón Internacional de Fotografía de Cajastur. Javier Ávila Consultando la enciclopedia, no necesariamente se ha de recurrir para todo a la red, se nos indica que pintura es el arte de aplicar color a una superficie con el propósito de crear imágenes, hasta aquí todo bien. En el apartado específico de arte y sus clasificaciones, nos dice que la pintura surge como respuesta al instinto humano de reproducir las formas de la naturaleza o de interpretarlas intelectualmente por medio de la línea y el color como elementos esenciales. La sensación de volumen es un elemento pictórico posterior, conseguido a través de juegos de luces y sombras que proporcionan la corporeidad, y efectos de perspectiva que sugieren la idea de profundidad. En realidad no estamos hablando de técnicas, tampoco de soportes y métodos de fijación de una imagen, intentamos situarnos frente a actitudes, fundamentalmente vitales y de resistencia, nada alejadas de los maestros del XIX que, al igual que Arancha Goyeneche, cargaban con los trastos y salían al encuentro del paisaje, de la luz, de las formas y matices que ofrecían todo lo que les rodeaba y, liberados precisamente por la fotografía, recurrían a sus mismos principios para poner orden a sus impresiones, impresiones con fecha y hora concreta, nada que inventar. Paisajes encontrados llenos de brillos y reflejos, sugerencias de paisajes y de estados de ánimo que nos hacen partícipes de los lugares y sus paseos, de su amor a la pintura, no sin pintura, sino pintura llena de pintura, de colores aplicados a una superficie con el propósito de crear imágenes. Pinceladas, miles de pinceladas, negras, doradas, azules sobre un fondo previamente preparado como telón secuencial, cinematográfico, lleno de movimientos de cámara, aunque ésta sea fija, técnicas de montaje para subrayar la narración. Estos mismos fondos tienen la capacidad de abandonar el soporte y conquistar las propias paredes, paisaje dentro del paisaje, cine dentro del cine, de convertirse en decorados donde ubicar la acción, acción pausada, sin estridencias, son lentos travellings sobre el paso del tiempo, como en un día perfecto, en tres estaciones y un día, juegos de fantasía o bellas ilusiones con el mar de la tranquilidad de fondo, espacios cercanos y familiares, contar historias para los suyos, como un cuento para Lucía, su hija. En realidad toda la obra de A.G. es íntima y abierta a la vez, llena de connotaciones de ella misma, sincera y tranquila, metódica y paciente, amante de lo más cercano y de aquello en lo que cree, es una obra sin dobleces, aunque desconozco si con deseos de ocultación, éstos desde luego nada tienen que ver con su entusiasta creencia en lo que hace, y en lo que vive. A veces la crítica se siente en la obligación de encontrar significados ocultos, reflexiones acerca de lo inconsciente que subyace en la obra del artista, ramificaciones y líneas de trabajo paralelas o tangentes, supongo que forma parte de su labor. También puede ocurrir que todo esto no sea necesario, que aquello que nos empeñamos en buscar por caminos sinuosos esté al lado sin darnos cuenta, sin reparar en ello, que no exista doble lectura para un mismo texto, y creo que en la obra de A.G. hay algo de esto. A.G. se muestra siempre sincera en la conversación a la hora de hablar de lo que hace, sin necesidad de discursos elaborados, ella defiende su proximidad al medio pictórico, su sensibilidad hacia algo que algunos han empezado a perder y que casi les resulta ajeno, esta postura es asumida desde la naturalidad del terreno en que se forma y al que no tiene la menor intención de renunciar, para ella esta actitud supondría una impostura. Realmente existe algo de magia al escucharle afirmar sus modos de hacer, de acometer la realización de sus series basadas en paseos por la montaña con personas en principio externas a todo lo que rodea la farándula artística, que acuden a estos lugares con otras pretensiones, con otros ánimos, con las que la experiencia se comparte desde puntos de vista distintos al creador para, al final, concluir que las sensaciones son las mismas, que el gozo estético es de la misma intensidad, que todos han encontrado el mismo paisaje y tiene igual necesidad de compartirlo. A.G. no trabaja en un plano de ocultación resultante de la superposición de capas de color adheridas sucesivamente, veladuras imposibles por las características opacas de los materiales, no intenta construir imágenes enigmáticas que fuercen ante ellas el ejercicio intelectual de ser descifradas, simplemente le mueve la necesidad de compartir su mirada, su aventura vital y reconfortante de los vínculos con la amistad y con lo que le rodea, e intenta hacerlo como mejor sabe, desde la mirada de la pintura, desde la pintura. No existen mensajes ocultos, sus imágenes surgen de la laboriosidad cotidiana, desde puntos de partida sencillos, de un posicionamiento casi a contracorriente del artista apesadumbrado, sufriente de su propio oficio, pesimista en su atalaya, doliente de su incomprensión sin hacer nada por evitarlo. A.G., por el contrario, se muestra desde un optimismo vitalista, desde la alegría de vivir que supone la satisfacción de la realidad diaria, frente a esa tradición forzada de atención a la tragedia, a la reivindicación del negro como color de dolor y muerte, de callejón sin salida. A.G. nos muestra su alegría en una tradición cultural donde parece que estos estados de ánimo están vetados, mal considerados. La comprensión de los demás la encontramos desde el trauma y la enfermedad, el artista se ve obligado a sufrir, a enfrentarse al desasosiego del estudio vacío, el mítico papel en blanco, la felicidad debe ser inaccesible al creador encerrado en sí mismo, en su discurso, en su acotación de accesos y en su queja permanente ante tal situación, habitualmente alimentada por él mismo para elevar su aura. “¿Qué hacías todo el día en ese lugar?” -le preguntamos alguna vez. “Nada. Pintaba lo que pasaba”. “¿Y qué demonios pasa allí?” -respondimos un tanto escamados. “El tiempo, pasa el tiempo”. (Sonríe). Este extracto de conversación entre Mitsuo Miura y Vicente Llorca me ha venido a la memoria reflexionando sobre las conversaciones que he podido mantener con Arancha, de hecho, el propio Mitsuo me hablaba hace años de esa “simplicidad” a la hora de acometer sus obras, de relatar su felicidad y contar la bonanza de su vida, algo que vuelvo a encontrar ahora. Siempre nos enteramos tarde. Esto es lo que pasa. Es tan parecido a nada. Y esta materia sutil es la que, de nuevo, comprendemos; esta sustancia carente de centro ni drama posible era el motivo de la representación de estas magníficas piezas. No pasa nada: el tiempo, constante, ligera materia de la pintura.* Ese no pasar nada es mucho en el transcurrir de nuestra artista, mantenerse al margen de la frivolidad y buscar lo verdaderamente importante en lo próximo, en lo propio. A.G. recorta cientos, miles de fragmentos de vinilos adhesivos, de diferentes colores y texturas, con distintos efectos ópticos que, pacientemente, va situando sobre una superficie de partida y dando forma a su propuesta. Listones de madera van cubriéndose poco a poco para constituirse en piezas de un ensamblaje colocado sobre el muro, completado con la presencia de tubos de neón también de múltiples tonalidades, de este modo la pintura abandona definitivamente su lugar y se aventura en la conquista de nuevos modos de mirar, de construir su formato, tomando el espacio en sus tres dimensiones sale a nuestro encuentro físico, se adapta a la situación y rompe los límites a los que históricamente se ha visto constreñida, se expande y se adueña del lugar desde donde nada existía, no se trata de colocar una superficie sobre otra, se trata de dialogar con ella, surgir de ella, entablar una convivencia, adaptarse al hogar donde vas a iniciar una nueva etapa, hacerte del lugar, marcar su impronta, permitir que el propio lugar de su opinión y facilite su morada, sin exigencias ni situaciones forzadas, con naturalidad, de igual a igual. Esta adaptación al lugar, la adhesión directa a las paredes se produce en otras ocasiones de una forma directa, sin intermediaciones, los colores se presentan en su propia superficie desde dos materializaciones bien distintas, unificando en una sola presencia las diferentes naturalezas de los mismos. La aparente geometrización se genera desde una retícula fijada a la superficie en combinación con una proyección de aspecto caótico carente de toda intencionalidad en cuanto a la diferenciación entre ambas. Las tramas prefijadas y lanzadas contra la pieza se suman a las construidas en la pared dando como resultado una combinación dinámica de doble dirección, de fuga y retorno como A.G. tituló la pieza de esta serie que presentó en la sede de la Fundación Botín y que resumía de esta manera el doble camino abierto en estos divertimentos, rígidos en sus líneas, sin límites en su concepción, piezas que encajan en lo que Jaume Oliveras ha denominado, refiriéndose a la obra de A.G., como el orden del caos o la belleza moderna. Esta dualidad la seguimos encontrando en diferentes momentos y múltiples piezas, luz y color, dentro-fuera, o la ya mencionada fuga y retorno, nos dan pistas sobre la intencionalidad en sus planteamientos, en sus modos de enfrentarse a la pintura, en sus misterios escrutados desde la experimentación y la investigación. De cualquier modo podemos volver al mar, aquí nos sorprende de nuevo con una mirada alejada de aquello que se podría esperar en su convivencia diaria con un medio idealizado en su fortaleza, en su bravura como seña de identidad y que A.G. nos presenta como el mar de la tranquilidad, muestra una vez más de su actitud en la búsqueda, resultando de la misma el gran mural que nos presentaba como mera sensación, juego azaroso de líneas horizontales y pequeños elementos en tránsito reposado y colorista que rememoraba de algún modo las primeras composiciones vinílicas que presentara hace ya algunos años y que lograba transmitir la elegancia y la calma de la contemplación meditada ante lo que nos ofrece de nuevo el paisaje. Esa monumentalidad se repite en el gran mural presentado con ocasión de esta muestra y que hace las veces de resumen, de catálogo de intenciones. Construido a partir de fragmentos reordenados de piezas que ha ido realizando a lo largo de su trayectoria, la obra central ocupa todo un lateral de la sala, a modo de muestrario de lo logrado en su esfuerzo y trabajo, en su empeño y gusto por los juegos de fantasía, por las bellas ilusiones a las que se niega a renunciar. El mural supone una apuesta de riesgo en lo que tiene de mostrarse tal y como uno es, suerte de diario narrativo sin trampa ni cartón, sin artificio que permita ocultar los arrepentimientos que todos tenemos. Mostrarse sin máscaras no es fácil y no todos estamos dispuestos a asumir la situación, sin embargo A.G. lo hace en un salto sin red, sólo como lo puede hacer aquél que no tiene ni quiere guardarse nada para sí mismo. En un momento en que las fronteras entre las diferentes disciplinas artísticas cada vez son menos evidentes y sólo postuladas desde posiciones inmovilistas o empeños tautológicos, hablar de pintura supone un discurso casi transgresor, aunque se haga desde la ironía y en una convocatoria que se denomina de fotografía, nada está más lejano a la intención de quien suscribe esta líneas, a las que acompaña otro texto firmado por Miguel Cereceda a modo de recorrido exhaustivo por las sucesivas muertes y resurrecciones del medio acaecidas a lo largo del siglo pasado, identificadas hasta en siete ocasiones. Desde esta perspectiva, la obra de Arancha Goyeneche se nos presenta como un logro en la apertura de nuevos caminos inmunes al agotamiento, sin necesidad de mostrarse en permanente actitud de autodefensa, si no es desde la veracidad del presente, la energía se dirige pues a otros fines que el de postularse ante algo innecesario y estéril, es demasiado agotador para alguien que propone el disfrute como bien escaso e irrenunciable, para quien cree en la alegría de vivir. * Las piezas a las que hace referencia pertenecen a la serie dedicada por Mitsuo Miura a la Playa de los Genoveses en el Cabo de Gata, Almería. Cita en el catálogo de la exposición de Mitsuo Miura en la sala Koldo Mitxelena, Diputación Foral de Guipúzcoa. 1994.